MATE

MATE
La vida en un mate: sorber despacio y saborearlo con intensidad, que el mate como la vida, cuesta tiempo prepararlo, pero sino se disfruta al beberlo, cuando se acaba es tarde.

18 de enero de 2013

Vuelta al mundo 2013, CAPITULO 7 - NOVOSIBIRSK (GMT+7) "EL LAGO DE LOS CISNES"

DÍA 11º OMSK-NOVOSIBIRSK
Salida en la noche de la estación de Omsk en dirección a una nueva población en el camino del Transiberiano. A la hora que tomo el tren, ya casi todos los pasajeros vienen durmiendo por lo que me acomodo rápido en mi litera para no molestar. Noche bastante tranquila.

Al amanecer mi compi es una señorina mayor de unos setenta y muchos años, que ya está levantada y colocándose bien su pañuelo blanco por la cabeza. Ya van varios trayectos en que veo a gente mayor y que me sorprende, porque a pesar de su avanzada edad, tienen muy buen semblante, y viajan con total autonomía. Firmaría que llegásemos a esa edad con ese físico sano y esas ganas de levantarse cada día.

En las literas del pasillo y arriba, varios rusos de distintas edades, que poco a poco intentan ir entablando conversación conmigo. Como siempre, casi sin entender palabra, salvo una chica médico que hablaba un poco de inglés, nos acabamos haciendo pseudoamigos, o lo que uno se puede hacer en unas pocas horas. Eso sí, la foto de grupo que no falte que les encanta a todos posar con un español, de la tan lejana por aquí, España.

A la llegada a la estación de Novosibirsk, despedida en el ya habitual nevado andén, por donde circula un viejo tractor a la búsqueda de mercancía del convoy.

Me sitúo un poco en el interior de la verde estación, buscando un lugar donde alojarme a la noche, y a la salida me topo con un equipo de hockey hielo que también viajaba conmigo pero imagino en otro vagón. Podrían ser un equipo de cualquier otro deporte por sus bolsas, pero el Stik que no entra en ningún lado les delató. Elemental querido Watson, elemental.

Nada más salir por el lado de la estación que ya da a la ciudad, una enorme mole de hormigón que alberga un grandísimo hotel de construcción típicamente soviética. En la plaza vendedoras de comida están bien protegidas por un ejército de palomas, acurrucadas en la nieve, que supongo esperaban por algunas migajas de pan que sobraran en cualquier momento.

La temperatura es baja pero bastante soportable, y después de tomarme un té y ver correo en mi teléfono, me voy en metro hacia el Dostoievski Hostel, mi nueva casa en Novosibirsk. Curioso nombre para el alojamiento, no tuvo que pasar este buen hombre, larga estancia obligada en estas siberianas tierras. Sin embargo a él le acomodaron en el “Gulag Hostel”, bastante menos cómodo fijo, el campo de trabajo ruso.

Esta ciudad es la capital siberiana, y además la tercera más grande de Rusia después de Moscú y San Petersburgo. Tal honor en número de habitantes hace que también tenga metro, solo dos líneas, pero lo suficiente para conectar los principales puntos. Las estaciones del metro no son tan impresionantes como las de la capital rusa, pero también están decoradas todas ellas en un ambiente muy parecido. La gente ordenada, sube y baja del metro que acaba de llegar, y observo como vengo haciendo en todo el viaje, la seriedad y educación ciudadana de todos los habitantes rusos. Se apartan para dejar salir, toman siempre camino por su derecha en las escaleras, no hablan alto entre ellos, y parece un orden cuasi militar. En todo caso mi critica a su forma de ser ciudadanamente hablando, me parece mucho más positiva que negativa.

En tres paradas ya estoy por la zona donde había seleccionado este backpackers de muy buen precio, y además cercano al centro. Camino con intensa nevada a esas horas y en cinco minutos busco por donde se entra, ya que en la mayoría de los casos no están anunciados en el exterior, y solo puedes acertar por la dirección y su número de piso exacto.

En este caso es un cuarto piso, y tienes que tener un código para poder abrir la puerta del portal, o saber el código del piso para poder llamar al timbre. Casi siempre hay que buscar ayuda de algún vecino, salvo que en internet este publicado el código.

Y cuando mi hostelera me abre la puerta, sorpresa, nuevamente la edad de oro toma las riendas del país. Una señorina de unos casi setenta años, que me atiende como una perfecta profesional de cualquier cadena hotelera. Passport, registration, y como no, portátil con activación con un poco de dificultad eso sí, del traslator de google.

Pero impresionante como me iba escribiendo en ruso, para que yo lo leyera es español, que me iba a coger una fianza para darme una llave del portal, y que bienvenido a Novosibirsk.

Me enseña mi litera en habitación compartida de 12 personas. Mis compañeros que a lo largo del día fueron llegando y fui conociendo, casi todos rusos de la zona, una chica de Barnaul, otro chico de Altái, otros dos del este de Siberia, y un simpático uzbeco, del mismo Uzbequistán.

Instalado y tras descansar en la mañana, me acerco al centro para conocer un poco la ciudad, que es bastante moderna, nacida tras los pasos del Transiberiano y en la que destaca como punto de interés la plaza Lenina, con las habituales grandes estatuas del primero de los camaradas. La ciudad no tiene muchos más sitios de interés salvo una pequeña iglesia que dícese es el punto en donde se encuentra el centro de Asia. Como casi siempre según quien lo diga, está aquí o en otro lugar no muy lejano.

Al lado, un moderno edificio, pero con aires de pasado. El gran teatro opera de Novosibirsk, que puede presumir de ser el teatro más grande de Rusia, incluso superando al archiconocido Bolshoi de Moscú.

A veces en los viajes tienes que estar en el sitio justo y en el tiempo indicado para algunas cosas, ojala todas buenas, y yo lo estaba. Solo estaría aquí una noche, pero coincidencia era una noche de domingo, y en menos de una hora estaba a punto de comenzar en este grandioso teatro la también archiconocida obra para ballet “El lago de los cisnes”. No me pude resistir, a comprobar cómo se vive aquí en Rusia algo así, así que preguntando todavía quedaban entradas aunque el aforo estaba casi lleno, y esta ópera tiene casi 1800 localidades.

El precio, muy asumible, 450 rublos, unos 11 euros, poco más que ir a ver una película americana, con director americano, actores americanos e historia increíble americana…que la mitad de las veces sucede en América. A matizar, en los EE.UU. de América.

Así que me iba a ver la creación de un genio ruso, con orquesta de rusos, bailarinas rusas, en gran teatro ruso, rodeado de rusos…e igual después hasta cenaba ensaladilla rusa. Toma guerra fría.

Siempre fui un poco a contracorriente, quizás para nivelar la balanza, y es que cuanto más nos metían de pequeños por la tele que los americanos eran los buenos, y los rusos los malos, yo más simpatizaba con los rusos. Alguien tenía que estar a este lado, sino que guerra fría era, todos estaban de parte de los del chicle. En las películas del oeste, todos de parte de John Wayne. Los vaqueros eran los buenos, que recibían flechas de los indios, y los indios eran los malos que atacaban a los vaqueros blancos. Y no, no era como nos decían en las películas, los indios estaban tranquilamente en su continente, con sus tierras, con su ganado y eran los vaqueros los que venían a colonizarles. Pero, donde manda Plan Marshall no manda reserva india.

En fin, sigo con los indios rusos. A la entrada del gran teatro, como no, un gran hall recibidor, atacado de gente con elegantes abrigos de pieles, que aquí sí que tienen más sentido que en otras partes del mundo, como puede ser Sevilla, y es que aquí su fin último es quitar el frío helador y no lucirse en las noches andaluzas. El guardarropa gigante para casi 2000 personas, que casi 2000 personas usan, estaba atendido por un ejército de señoras que te daban una pesada ficha metálica, como comprobante de la entrega de tus enseres contra el frio.

La mayoría de las mujeres, se quitaban sus botas de nieve, y se calzaban sus elegantes zapatos de tacón para asistir a este espectáculo social impecables. Como en una boda de noche, todas guapísimas, salvo alguna que se pasaba con la pamela fucsia.

Y entre todo este percal ruso siberiano, el de Nardo y Chelo de Aramíl, con su chubasquero y pantalones de Trango…ah y la gorra. Bueno allí me quedó todo en el guardarropa y para dentro. Y que dentro, mi asiento estaba en el segundo piso, al que se llegaba por grandes escaleras que llegaban a las puertas de acceso superiores, y al entrar una sensación de llegar al Coliseo romano. Que graaaaaaaaaaande, que guaaaaaaaaaaaapo, que de geeeeeeeeente.

Allá abajo, en el foso, la orquesta formada por unos 60 músicos afinaba sus instrumentos de los cuales destaca por su tamaño una gran arpa acariciado por manos de mujer, y desde la sala central de control se probaban los focos. Tras un segundo aviso sonoro, poco a poco el grandioso auditorio se iba llenando, y las luces comenzaban a difuminarse tras el tercer aviso, apagando también las iluminadas estatuas clásicas que rodeaban las bancadas superiores.

Se levanta el gigantesco telón, y comienza a sonar la música del gran compositor ruso. Que orgulloso estaría Tchaikovski, si viera que después de tantísimos años “El lago de los cisnes“ sigue llenando y llenando salas como esta.

Nada más comenzar viene a mi memoria, la única otra vez que asistí a ver un ballet en mi vida, y que también causó grata sorpresa en mí. Fue en 1988 en la capital búlgara Sofía. Venía de hacer mi primer viaje por Egipto y como la compañía aérea utilizada era la búlgara Balkan, pasamos tres días en Bulgaria. En una de sus noches, también nevadas como aquí, tuve la suerte de ver este espectáculo de coordinación y perfección, al cual no estamos muy habituados en España.

Unas 30 bailarinas y varios bailarines, hicieron las delicias del entendido público al son de los compases del gran compositor ruso. Aplausos muy comedidos, sin excesos, cuatro actos con descanso a la mitad y una grandísima ovación final pusieron punto y final a esta representación de coordinación solo comparable a la natación sincronizada, deporte en donde por supuesto, el equipo ruso siempre ocupa también los primeros lugares de la competición. Por qué no mencionar también la gimnasia rítmica, algo entienden por aquí de compenetración y flexibilidad, eso está claro.

Salida de la sala, tras nueva ovación, esta vez a la orquesta y su director, con encendido de la gran lámpara que cuelga de la cúpula del edificio. Madre, yo solo pensaba en como la limpiarán, igual tenía 500 bombillas, y vaya donde estaba “mangada”.

Breve análisis de las jugadas más interesantes por parte de la afición, fotos junto a un elegante también árbol de navidad antes de quitar los tacones, y recogida de abrigos, botas y otros enseres, y pa casina que mañana ye otru día.

En mi camino de regreso hacia el hostel, a unas dos paradas de metro, veo una iluminada exposición de figuras de nieve, algunas de gran tamaño, que están expuestas en la plaza cercana al teatro. Ya había visto varias de hielo, pero de nieve no. Me gustó mucho una de un anciano con un hermoso husky siberiano, que pude fotografiar para mandar a un buen amigo naveto que también tiene un colorido perro de Siberia. Cada una de ellas concursaba por ciudades rusas cercanas a Novosibirsk.

Al lado fuente iluminada imitando los chorros de agua, que como aquí es imposible los haya en invierno por que se convertirían en arcos pétreos de hielo, se hacen con el buen estado gaseoso que proporciona el neón.

De regreso al backpaker, breve conversación de presentación con los compañeros de cuarto, que me comentan sus ocupaciones en la ciudad. Desde un conductor de grúa, pasando por una chica que viene a una entrevista de trabajo y hasta un ingeniero uzbeco que trabaja una temporada aquí. Buenas noches, republicas y exrepúblicas rusas.

DÍA 12ª NOVOSIBIRSK

A la mañana, no madrugo y me dedico al levantarme a escribir un poco. Arriba una china, también haciendo el Transiberiano pero en sentido opuesto al mío, cansada y medio dormida, aunque siendo de donde es, los ojos siempre los tiene medio cerrados. Me recomienda hostel en Irkutsk, mi siguiente parada, y yo hago lo mismo con el de Omsk.

Me despido de mi sexagenaria casera, quien me desea buen viaje, enseñándome sus últimos proyectos que no son otros que aprender inglés y alemán. Madre mía que ganas de vivir, me enseña libreta donde va traduciendo las frases que más emplea con los huéspedes a estos dos idiomas. En la pared adosada a un panel de corcho los anuncios de productos que vende en su mini tienda interior. Me quito el sombrero, en mi caso la gorra, abuelina Strogoff.

Mi siguiente tren sale a la noche y tengo tiempo para visitar la otra parte de la ciudad, al otro lado del congelado rio Obi. U ob, como lo llaman los rusos. Cuantas veces rellenaba de pequeño en los mapas mudos del colegio, los grandes ríos asiáticos en las clases de geografía. Y pensar que estoy cruzándolos todos, primero el gran Volga, ahora el Obi, y en las siguientes etapas caerán el Yeniséi y el Lena.

El Obi, es muy caudaloso en verano, y eso hace que ahora tardes tiempo en cruzarlo entero, viendo solo un manto blanco de orilla a orilla. Lo atravieso en el metro que va hacia la zona universitaria y que en este trayecto sale al exterior para a través de un metálico puente no perturbar el fondo de sus heladas aguas.

Al otro lado del rio, la otra parte de ciudad se mueve animada por sus ciudadanos que entran y salen de los grandes centros comerciales y oficinas. El frío aumenta sobremanera cuando estás cerca de un río, que al tener un gran volumen de hielo en su cauce, hace que el termostato del frigorífico de la ciudad esté puesto casi al máximo. Así que no queda más remedio que cada hora entrar a retomar temperatura corporal.

Y esta vez tengo una gran satisfacción en mi entrada a este centro. Un pequeño café anuncia su mercancía a un precio más que asequible para lo que aquí cuesta mi ansiado manjar. Me tomo un expreso macciato y quedo como un rey, hasta se me pasa el frio más rápido.

Viendo las tiendas con Siberiana mercancía, me vuelvo a coger el metro para irme hasta cerca de la estación de trenes, y escribir un poco, desde el hall del gigante hotel estilo soviet.

Gran entrada y salida de clientes del mismo, que hace que uno deposite su mirada, y haga cábalas de tantísimo personaje que viene y va. Antes de partir ceno unos locales pierogis de carne, que me saben a gloria.

Bien anochecido ya me voy a tomar mi nuevo tren, esta vez camino de la vecina ciudad del lago Baikal, la turística Irkutsk. En esta ocasión el trayecto es largo y me llevara dos noches completas con su emparedado día.

Sueeeeeeeeeeño, nos vemos muy pronto otra vez“ mes amis”.



Capítulos anteriores en Blog:

Http://albertocampamontes.blogspot.com

3 comentarios:

  1. Como siempre sin defraudar Alberto.
    Quitando minutos a la noche, dusfrutando de la cronica, por cierto, esta vez, en la cama de la autocaravana en Arturo Soria en Madrid, que este finde estamos por Ifema de feria.
    Buena ruta amigo!!!!!!!

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  2. Por aquí el tiempo es cuasi siberiano. Ya llevamos varios días bajo la lluvia.
    Me está gustando tu selección de lugares y sitios a visitar. Especialmente ese majestuoso teatro. Yo también visité el de Sofía pero sin función alguna. Por cierto ¿cómo hiciste las fotos en el interior del teatro? ¿Con el móvil?
    ¡Qué raro que aún no te hayas agenciado un cálido gorro ruso!
    Me gusta especialmente tu forma de narrar el viaje aderezado con anécdotas de otras aventuras pasadas.
    Me subo al tren de la imaginación y te espero en Irkutsk.

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  3. Nos vemos en Irtutkustkustrgffffggggkrtsk my friend ... jajajajajaja

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