MATE

MATE
La vida en un mate: sorber despacio y saborearlo con intensidad, que el mate como la vida, cuesta tiempo prepararlo, pero sino se disfruta al beberlo, cuando se acaba es tarde.

15 de mayo de 2016

MAPA DE PAISES VISITADOS HASTA ABRIL 2016


En Naranja: 162 Paises / Territorios visitados
En Gris: Pendientes de conocer

19 de abril de 2015

MAPA DE PAISES VISITADOS HASTA MARZO DE 2015


    En VERDE: 144 Países y territorios visitados
    En ROJO: Pendientes de conocer

3 de febrero de 2014

Amazonia 6 – AMAZONAS - MANAOS


DÍA  14 AMAZONAS (PARINTIS)

En este segundo día, de segundo embarque por el Amazonas, comienzo sin muchas más opciones, en tan pequeña esta vez barcaza a motor, que estar en mi hamaca de cubierta central, o subir a la desolada cubierta superior. Aunque casi la denominaría, intensamente soleada, en vez de desoladoramente desolada.

Al ser esta embarcación bastante más pequeña que la que me condujo desde Belém a Santarém, tenía la sensación de estar navegando en el centenario buque Liemba, que cubre la navegación por el africano lago Tanganika, y el cual pude conocer dos años atrás en otro africano viaje.

El poco espacio para las hamacas, unido al poco espacio por donde moverse, no era excesivo incordio comparado con lo horrible de ir al baño. Y es que, el hecho de ser el mismo ínfimo cuartucho usado como ducha y como W.C., hacía que el contener la respiración al contemplar las tupidas aguas internas y externas, fuese casi inevitable.

Una vez con mejores aires en cubierta, se puede ver como el paisaje de esta zona del Amazonas, ya mucho más poblada entre Santarém y Manaos, es muy diferente al de los iniciales días. Muchas casas en las orillas, con terrenos deforestados para uso como pastos de caballos, vacas o incluso búfalas, estaban habitadas por muchas familias indígenas.

En el cauce, desprendidos arboles de las orillas, navegan a la deriva rio abajo, y otros intentan todavía vivir caídos y tumbados en la orilla aferrándose a tierras no derrumbadas todavía por este anchísimo y fuerte Amazonas, que cuando quiere se toma amplias zonas de tierra cultivada generalmente con caña de azúcar.

Hoy es en portugués “tercera feira”, tal como ellos denominan a nuestro semanal martes, y es que nuestro lunes, tradicional primer día de la semana, es para ellos “seconda feira”, ocupando el supuesto primer día el dominical domingo.


En cubierta me encuentro con dos parejas argentinas, que viajan ya en viaje de vuelta por el rio, y una pareja alemana que estudiando en Brasil, aprovechan unos días libres para conocer a este coloso acuático.  También entabla conversación conmigo un supuesto turista que me recomienda alojamiento para cuando llegue a Manaos, pero que poco a poco voy descubriendo que es su forma de contactar viajeros que llevar a su comisionante alojamiento.

Ya finalizando el día, tengo la oportunidad de recrearme fotografiando la última puesta de sol en el Amazonas, y que como era de esperar no defraudando a las anteriores, fue preciosa e intensamente observada por todos los navegantes viajeros.

Una vez ya de noche, y parando el barco en la alegre localidad de Parintins, uno debe esquivar a grandísimos coleópteros que se suben a bordo aprovechando la corta parada, debiendo estar atento a no comerse uno con tren de aterrizaje incluido.

Parintis es muy conocida por una curiosa celebración, mitad carnaval, mitad homenaje a toro resucitado. Recibe el nombre de Boi Bumbá, y durante todo el año se prepara con ensayados desfiles en el recinto de la ciudad llamado en vez de carnavalesco Sambódromo, Bumbódromo de Parintins

Comienza a llover intensamente y los tripulantes de la barcaza desenvuelven unos pequeños toldos azules por la borda para que no entre mucha agua en el recinto de las redes colgantes. Aunque inicialmente parece un pequeño diluvio, enseguida pasa, volviendo el húmedo calor de nuevo.

Mi cena esta vez, a base de queijo que compré a ambulantes vendedores que entraron el día anterior en Obidos, y agua de los contenedores de popa, que nunca dejan pasar sed al pasaje.

Noche a bordo esperando llegar de madrugada, y con bastante adelanto sobre el horario previsto, a esa ansiada meca viajera que es la antigua ciudad del caucho, Manaos.

DÍA  15 MANAOS

Efectivamente era mucho el tiempo ganado, y a eso de las cinco de la mañana, todavía por amanecer, llegábamos a la capital del Amazonas. Aquí el reloj pierde otra hora más por cuestión de los cambiantes husos horarios, que un país tan grande como Brasil, siempre hay que tener en cuenta. Respecto al horario del meridiano cero, cuatro horas menos, respecto a España, cinco menos.

Recogiendo mi mochila y descolgando mi rede, por si necesito nuevamente utilizarla , en cualquier otro lugar de este todavía largo viaje, todos los pasajeros de la nao, nos disponemos a abandonarla, a través de otras dos, a las que se había abarloado en una gran reunión de embarcaciones llegadas de todas partes de este inmenso rio.

Inevitablemente, y viendo la ciudad desperezarse desde la borda de la ya a punto de abandonar embarcación por el Amazonas, pienso en la cantidad de veces que la vería así mi otro padre, un marino que arribaría a esta Manaos después de remontar veces y veces este gran portador de agua. Supongo que Giancarlo Tranquilli, haya rememorado viendo estas fotos que voy colgando desde el delta del río en Belem hasta aquí, tantos y tantos cigarrillos de descanso en  la cubierta de su flotante lugar de trabajo durante una vida, después de horas de trabajo en maquinas del barco. Un gran Abraaaaazo, Giancarlo, y un enorme Besoooo, Marita.

Nada más bajar y salir del embarcadero, de frente uno se topa con el precioso edificio del Mercado de abastos Adolfo Lisboa, que a esa hora estaba todavía cerrado al público, pero con todos los mercaderes empezando a colocar sus productos. No me resisto a entrar y pasear por sus pasillos abarrotados de variados puestos. En el exterior el edificio recuerda al Paris de principio de siglo, con su preciosa estructura metálica y grandes ventanales, que en su día estuvieron inspirados en el mercado de Les Halles, en el corazón de la capital francesa.

Abandonando la zona, tomando unas fotos con las primeras luces de la mañana del evocador puerto fluvial, y sus muchísimas motonaves en los amarres, me voy en busca de hospedaje para posterior noche. En el camino, por el barrio viejo, multitud de vendedores también preparan sus pequeños puestos ambulantes, comerciando con barata ropa, frutos secos o marroquinería variada llegada a esta ciudad desde todas partes del mundo.

Conexión wifi en la calle, hace que pueda pasar pequeña crónica de días anteriores que al estar embarcado fue imposible, y en ya avanzada mañana española, saludar a mis gentes.

A unas cuantas cuadras, localizo en el plano un sencillo hostel, que parece tener alojamiento en dormitorios compartidos, y no está demasiado lejos del centro de la ciudad.

Aunque no está cama libre por lo temprano de la hora, si me dan opción a dejar mi mochila, tomarme un reconfortante café y darme una necesitada ya ducha, después de días de barco, con insalubres cuartos de refresco.

Una vez ubicado, me dirijo lo primero de todo a buscar la forma de irme en los siguientes días hacia mi nuevo país destino que no es otro que la última de las Guayanas que me queda por visitar, la antigua Guayana inglesa, hoy Guyana a secas.

Para ello, y preguntando a una amable señora en la calle, recibo indicación de que bus urbano, (ómnibus para los cariocas) va hacia la estación de autobuses ( terminal rodoviaria para los brasileiros).

El 825 me indica, y que ella también se dispone a coger. Cuando llega veo que no es un bus grande sino un minibús pequeño y de nombre Ejecutivo. De anterior viaje a Brasil, aquella vez en la región de Bahía, ya sabía que hay dos niveles de buses por las ciudades, el ómnibus normal, que cuesta 2,75 reais, y el Ejecutivo con menos paradas y aire acondicionado que cuesta 4,5 reais. Para la vuelta utilizaría el primero, más económico, aunque más calentín también, jajá, pero a la ida me voy con la señora que me iba indicando con placer todo el itinerario.

Manaos, aunque pudiera parecer una pequeña ciudad de provincia, en medio de la selva amazónica, es una grandísima ciudad, que tiene más de dos millones de habitantes, en extensa superficie, que hace que las distancias sean mayores que en el mismo Madrid.

De hecho hasta la terminal rodoviaria, lo que sería nuestra estación sur de autobuses de Madrid, el bus ejecutivo tardo casi una hora en llegar.

Ya en la terminal, me voy a las oficinas de Amaitur, empresa que viaja hacia Boa vista, capital del estado de Roraima, desde donde después podría conectar hacia Guyana. Entre los cinco autobuses de línea que hay diarios, escojo el último de las 19.00h para el día siguiente, cosa que hago habitualmente viajando, siempre que sea posible, ya que consigo aprovechar más el tiempo en las ciudades que visito y además ahorrarme una noche de alojamiento.

Ya con mi billete, retorno en bus normal, que tomo una vez cruzada gran pasarela que te cambia de dirección por encima de calle de varios carriles, con muchísima circulación de vehículos. Subiendo al bus por su parte trasera como es costumbre aquí y pasando por torno donde pagas billete, descendiendo a continuación por puerta delantera, me relajo viendo toda la ciudad. En primer lugar, su gran estadio de futbol, ya a punto para acoger los encuentros de la próxima Copa del Mundo que se  celebra en este país, y que fijo mantendrá a todos los cariocas en vilo durante varias futboleras semanas.

En vez de posarme cerca del hostel, continuo en el bus, cosa que también hago en las ciudades de grandísimo tamaño, para así tener una visión general de ella y luego poder moverme por las zonas más interesantes. Así que a la segunda vuelta del bus, me apeo para ya irme hacia el hostel, pasando primeramente por local casa de cambio a “trocar” dinerillo brasileño.

Ya de regreso al hostel, me topo con una de esas personas que te encuentras cuando estàs de viaje y que de primeras ya sabes que compaginaras genial. Se trata de un argentino de La Plata, de nombre Marcos, gran viajero también, y que estando dispuesto a recorrer la ciudad, me invita a que vayamos juntos. Un placer Marcos, por supuesto.

Abandonamos el hostel y nos damos una vuelta por las céntricas y concurridas calles de Manaos, donde un sinfín de gentes caminan, se suben a autobuses, comen en la calle o simplemente observan al resto desde callejeras banquetas de plástico.

Esta ciudad que puede parecer un poco decadente, una y mil veces renacerá de sus cenizas, y es que de ser una pequeña población defensiva en el Amazonas en época colonial, está pasando  a convertirse en una gran ciudad de casi tres millones de habitantes, y que tiene un PIB ya superior al de la gran Sao Paulo. Y aunque ahora, como ciudad turística tenga su mayor futuro, antaño en la época del caucho, llegó a ser el no va más del país, teniendo tranvía y alcantarillado incluso antes que la pobladísima Río de Janeiro.

Nos vamos en dirección al Teatro Amazonas, principal atracción de la ciudad, pero parándonos antes a comer algo en puestecillo callejero con sensacional oferta culinaria. Arepa y suco de cajú: 1,5 reais, es decir 48 ctms de euro, y encima llena y quita el hambre.

Por calles con moderno diseño en cuadricula, accedemos a la plaza donde se encuentra el gran teatro, viendo su colorida y preciosa cúpula, antes de llegar a la entrada principal. Una vez allí fotos en la plaza con escultura alegórica a los cuatro principales continentes, y entrada al teatro, del cual se visita su hall, y hay un pase para visitar su interior.


Pero eso no iba a ser necesario, ya que me intereso por la programación del mes, y me indica el conserje que esa noche iba a haber un espectáculo musical y encima….gratis. Así que, que mejor forma de ver el interior, que saborearlo como espectador.

Marcos también se anima, y tras visitar su original tienda anexa, nos volvemos recorriendo otras partes de la ciudad hacia nuestro hostel para volver a la noche.

En mi dormitorio compartido, ya tengo asignado uno de los compañeros que compartirán conmigo noche. Es Raimondo, proveniente de la romana capital italiana, aunque vive y trabaja en la suiza Ginebra. Tras presentaciones, me deja su móvil con descarga de sistema de llamadas por internet Skype, y con el que puedo comunicar con familiar casa.

Bueno, todos preparados, con la equipación de viaje B, que es la misma que la A, pero un poco más limpia, y allá que vamos un italiano, un argentino, nuevo compañero colombiano que también se apunta y un servidor de la madre patria.

Cuando llegamos al teatro, y eso que íbamos casi con una hora de adelanto sobre el inicio, enorme cola que da la vuelta exteriormente a todo el alargado edificio. Y es que aparte de que su programación es ampliamente seguida por muchos locales, la cantidad de turistas y viajeros que se encuentran en esos días allí, hace que completemos el amplio aforo del teatro opera, sin mucho esfuerzo.

Esperando no nos quedáramos sin asiento, entramos apresurándonos a buscar algún sitio juntos, que no es otro que uno de los palcos de la cuarta planta del además de alargado, altísimo auditorio comenzado a construir a finales de siglo XIX.

Si el exterior es precioso con su tono rosado pastel, el interior satisface el gusto de cualquier impresionado visitante. Y es que desde la gran lámpara colgante bajo la exterior cúpula, las columnas que separan cada reservado, el gran foso para   músicos, y las tablas de maderas nobles, hacen que uno tenga la sensación de estar en el famoso concierto de año nuevo en la Opera de Viena. Y es que todos los materiales empleados para su construcción llegaron por mar desde la vieja Europa, empleándose hierro inglés, muebles franceses o mármoles italianos de Carrara. Por algo finalizarlo llevó más de 10 años, pero así todo estaba listo y acogiendo una sesión de Opera, antes de acabar el siglo XIX, allá por el 1897.

Al comenzar la actuación me viene a la memoria mi pasado viaje de vuelta al mundo, en el que también pude asistir a precioso ballet en el teatro siberiano de Novosibirsk, de dimensiones incluso superiores al gran Bolshoi de Moscú. Y más recientemente a la ópera que por tan solo 4 euros pudimos ver Mónica y yo en la capital serbia, Belgrado.

No soy un gran aficionado a Opera o Ballet, pero no puedo evitar maravillarme de verlo de vez en cuando en escenarios tan impresionantes como son estos históricos y elegantes edificios de medio mundo.

Comienza la actuación, que es una recopilación de artistas y músicas amazónicas, que van desde un solo a guitarra, hasta una animadísima y genial orquesta de samba.

Entre medias, presentador y grupo teatral, que distraen al público entre cambio y cambio de instrumentos musicales de los artistas venidos desde Belém, Santarém o remotos puntos de esta gran cuenca amazónica.

Finalizado el espectáculo, en espectacular e histórico lugar, salimos con un poquillo de hambre, que saciaríamos, argentino, colombiano y presente español, en un lugar con mucha solera, encanto y hasta un cierto aire bohemio. Se trata de una taberna cercana al teatro, en la plaza de Sao Sebastiao, con un también  abarrotado aforo a esas ya tardías horas.

Tapilla compartida, en este Bar Do Armando, de sabrosísima carne troceada con patatas, y cerveza IParabari que hicieron que unas cuantas risas y amena charla con recientes pero ya siempre recordados amigos, pusieran la guinda a una mágica noche en mágico lugar.

Vuelta caminando en apacible noche hacia nuestro alojamiento, donde resistiéndonos a ir a dormir, todavía compartimos un tiempo de charla.

 

DÍA  16 MANAOS-BOA VISTA

No madrugo en exceso después de genial día anterior. En mi dormitorio se instala un nuevo huésped lanzado hasta el centro de Manaos también por el omnipresente rio Amazonas. Es Marco, un italiano que como yo viaja recorriendo el rio, aunque en su caso para trabajar.

No me resisto a bromear con él, viniéndoseme a la cabeza la célebre frase de serie televisiva, y le digo:

-          Así que tú eres el famoso niño italiano

-          ¿Qué niño me dices?

-          Pues quien va a ser, Marco, el que vino de los Apeninos a los Andes…todo coincide, jajá.

Y Marco, esbozando una sonrisa, ya sabe que el español de la misma España, bueno un poco al norte de la misma España, se levanta ya bromeando por la mañana.

Con ambos italianos, efímeros compañeros de cuarto, Raimondo y Marco, me voy a tomar un cafetillo, en la parte alta del hostel, desde donde está una espléndida terraza donde se sirven los desayunos.

Preparándome un huevo con mantequilla, sobre oxidada parrilla, que hace las veces de cocina, de tuesta pan, fríe huevos y calienta todo tipo de viandas, tomo unas fotos desde lo alto de todo el sur de la gran Manaos, estando ondeando la guapa bandera del estado brasileño de Amazonas.
 
Al igual que vi en Cayenne, en edificio de enfrente, otros agradecidos recuerdos me vienen a la mente, al ver la también por todos lados Alliance Française, que no me sorprendería encontrarme en la capital de la Guayana francesa, pero si un poco más por aquí, donde el portugués y como segundo el español, lo inundan todo.


Como tengo el billete de bus nocturno para las 19.00h aprovecho el día para adelantar cosillas en el viaje. Cambio un poco más de dinero a “Reais brasileiros” para utilizar en últimos días en este país, y utilizar para pagar transportes a los nuevos por conocer, Guyana inglesa y Venezuela, a los que accederé por el norte de este carioca territorio.

Nueva ofertilla de comida callejera por 48cts de euro, esta vez con empanadilla de “vitela e queijo” con rico y helado zumo de ”laranja”, y tras escribir un poco en el hostel, despedirme de amigos de teatro y alojamiento, y recoger mis cosas, me aproximo a la vía principal de Manaos para tomar un abarrotado “ómnibus”, que me aproxime hacia la terminal Rodoviaria de la ciudad.

En el largo trayecto tengo tiempo de ver nuevamente el gran estadio que acogerá la Copa del Mundo de Futbol, que se celebrará este año en el país, y que fijo será un furor de masas.

Y ya en la terminal, tiempo de espera para subirme al buen autobús de dos pisos de compañía brasileña y carrozado por MarcoPolo, (recuerdo esta vez para mi tío Luis, tantos años trabajando en carrocerías de autobuses, junto a mi otro y querido gran tío),  que si todo va bien me portará a la ciudad norteña de Boa vista, desde donde después de once nocturnas horas de viaje enlazaré hacia la frontera de Bomfin, para cruzar a nuevo país, la Guyana inglesa.

Bueno y cruzando nuevamente el Ecuador, esta vez por el estado brasileño de Roraima, uno de los que componen este enorme país, que no debemos olvidar es el quinto del mundo en superficie, llego de nuevo al Hemisferio Norte, y me despido nuevamente de tod@s, finalizando narración por aguas del amazónico Amazonas.

A partir de ahora con muchísimos más trayectos nocturnos en buses, donde por el movimiento es difícil escribir y teniendo cada vez menos tiempo, creo me resultará casi imposible poder seguir confeccionando completas entradas de blog, así todo intentaré ir colgando textos breves y fotinas del recorrido restante.

La intención para lo que me queda de viaje, es completar los 9 países que componen la Amazonia, y que serían los restantes Guyana, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia. Asimismo, seguiré escribiendo y pasando fotos desde mi muro de Facebook y también desde la página creada en esa red, Amazonia 2014.  Así que espero os haya gustado navegar conmigo por este precioso y lleno de historias rio Amazonas. Un abraaaazo fuerte para tod@s.

 

 

 

 

 

30 de enero de 2014

Amazonia 5 – SELVA AMAZÓNICA-SANTARÉM-AMAZONAS

DÍA  12 COMUNIDAD INDÍGENA DE MAGUARÍ (SELVA AMAZÓNICA)

La noche fue buena colgado en mi “rede”, la estancia con el techo de paja y sin ventanas hizo que corriera brisa y no hizo calor, incluso hasta por la mañana se notaba un poco de frio dentro de mi finísimo saco sabana.

Pájaros, macacos, todo tipo de gratificantes ruidillos que uno imagina de donde provienen y quiénes son sus compositores, pero los que verdaderamente hicieron de despertador fueron una pareja de patos mudos que entraron por algún hueco inferior del tendejón. Sobre todo porque el pato sería mudo, pero hacia bastante ruido persiguiendo a su amada por toda la habitación, renegando un poco esta de tanta presión mañanera. Como en mi asturiana casa también tienen estos singulares ánades mudos, algunas saben de qué sonido gutural hablo.

El caso es que me vinieron bien estos cuasi veroneses amantes enamorados, ya que eran las 7 de la mañana y a las siete y media tenía pensado levantarme para tomar café y salir con Raimundo el hijo de Joaoquin y María, como mi prima, para adentrarnos en la selva cercana.

El café como siempre, servido ya azucarado, por la matriarca del clan indígena junto a unas galletas saladas que untadas con mantequilla, hicieron de desayuno.

Salimos en dirección a la primera parte de la selva, no muy alta y denominada secundaria precisamente por carecer de grandes árboles, y caminando durante un par de horas ya empezamos a adentrarnos en una zona mucho más oscura con muchos apuis, arboles de gran tamaño que siempre se encuentran cubiertos por plantas trepadoras. Resultado de la unión de los dos, reciben el curioso y letal nombre de abrazo de la muerte. Raimundo me enseña las aplicaciones de varias hojas y troncos que sirven como repelentes naturales, y aceites para el cabello y la piel. Pequeñas semillas de gran dureza sirven para confeccionar collares en la comunidad, y hojas de palma, una vez secas, sirven para las techumbres de las cabañas así como  para realizar pulseras y especie de paipay que Raimundo me elabora en un abrir y cerrar de ojos, entretejiendo las tiras deshilachadas de la hoja de palma.
 


Vemos otro apui que debe tener unos 200 años por su diámetro y una especie de ceibas con troncos también  gigantes, lugar ideal para sacar fotos de hombres enanos, al lado de tales prodigios de la natura.

Ya había estado en africanas selvas como las de Bwindi Impenetrable en Uganda, asiáticas como la reserva de Chitwan en la frontera de Nepal e India, y donde tuvimos ocasión de hacer un fenomenal safari por ella a lomos de elefante, e incluso de Norteamérica, pero nunca en mis viajes por Sudamérica había estado en una, y esta selva amazónica quizá sea la más grande del mundo, en tamaño, extensión e impresión que causa al absorto caminante.

Lo que sí es común a todas ellas, es echar a correr o caminar rápido cuando ves hojas que avanzan a toda velocidad cruzando el sendero. No es magia pero lo parece, las hormigas que hay debajo son de gran tamaño pero la carga que llevan supera varias veces sus dimensiones. Eso sí, si te quedas parado observándolas, lo que es fijo es que ellas te van  a entrar a observar a tí más de cerca, y si ya te pica todo pensándolo, imagínate si te entran de verdad pernera arriba.

Mas frutos caídos con los que se hacen también jabones y aceites, y un sinfín de explicaciones que durante años y años han ido pasando de generación en generación, suponiendo un saber muchas veces todavía no descubierto por las grandes corporaciones farmacéuticas y dermoestéticas. Pero fijo que usaran todos los medios para descubrirlo, y lo que es peor usaran después todos los medios para conseguir el producto con que hacerlo, y posiblemente destruyendo parte de esta gran ultima reserva salvaje y casi en un 80% todavía, no vulnerado ecosistema.

Hoy en día en Brasil se libra una lucha sin cuartel entre quienes defienden con apoyo de muchísimas organizaciones internacionales, la protección a ultranza de un medio natural que no debe explotarse sin control, y por otra parte grandes y a veces oscuros intereses que tienen la capacidad de comprarlo todo, siendo para ellos solo una inversión que después de los pertinentes permisos políticos, la recuperaran infinita y avariciosamente en muchas ocasiones.

Esta comunidad indígena esta arropada y respaldada por una organización que pretende que las gentes que en ella viven, puedan seguir en estas selvas, usando solo los recursos necesarios para mantener sus necesidades primarias y convivir sin alterar el medio. En Maguarí y en la cercana Jamaraquá se ha conseguido, y así se puede hacer en todo el país y en toda la gran cuenca amazónica, pero de qué sirve que esta gente sea sumamente respetuosa y austera con su medio, si después grandes empresas madereras talan sin control extensiones enormes de terreno selvático. Raimundo me explica al pasar por un árbol talado y troceado, que es para hacer un cobertizo para reunión de la comunidad, pero que para talar el árbol, ellos tienen que pedir permiso y esperar su concesión de las autoridades. Eso solo para un árbol, y por quien vive desde siempre en esas tierras, y sin embargo otras gigantes corporaciones….está todo explicado, ¿no?
Llegamos a una especie de choza, donde Raimundo me explica señalándomela que no se harán nunca casas selva adentro, sino solo estas pequeñas techumbres para trabajar y cultivar la zona estrictamente necesaria para obtener unas frutas, plantar unas patatas y cortar algo de madera para construir sus casas. No puede ser más justo para el humano habitante y la naturaleza madre que le acoge en su interior.
Cogemos unas papayas ya amarillas, para comer al regreso de nuestra caminata, y también me enseña las hojas con las que envolver pollo o pescado para cocinarlo braseándolo en pequeños fuegos en el suelo. Recientemente en viaje con mon ami Blas, por el africano Camerún tuvimos ocasión de ser invitados a pollo cocinado de esta forma y el resultado no puede ser más sabroso.
 
 A los europeos nos cuesta entender que durante tanto tiempo al fuego, ni la madera utilizada como apoyo, ni las hojas de palmera se lleguen a quemar con las llamas. En fin, si hubiéramos necesitado hacerlo, lo entenderíamos primero.

Ya de vuelta, mi anfitrión corta un tronco de caña de azúcar que me pela con su cuchillo para que pueda endulzarme el paladar chupando el azucarado palo en camino de vuelta, donde también soy instruido en el manejo de las colgantes lianas con las que también se puede viajar por estas selvas al más puro estilo Tarzán. Y es que el ánimo de los muchísimos macacos y monos aulladores que se movían a gran velocidad por los árboles, utilizando con destreza su larga cola, invitaba a ello.

Y para que no me quedara nada en el tintero que más tarde me pudiera sorprender, me enseña unas hojas de una planta que tienen el don de ser como el esparadrapo, ya que una vez las pegas a tu cuerpo o tu ropa, se quedan ahí como si de una calcomanía o celo se trataran. Magia selvática amazónica, cuasi vudú.

En fin, que ya en el poblado después de unas cinco horas de sudorosa caminata, uno ha asistido a otra de esas impagables clases de esta Universidad de la vida en viaje, la mejor del mundo, y además con campus diseminados por todo el planeta.

En el cobertizo de palmera esta Joaoquin y su señora esposa con alguno de sus hijos y nietos, que acceden encantados a hacerse unas fotos conmigo, para tener un recuerdo de geniales gentes, y ya son muchos los que voy acumulando, que satisfacción haber podido convivir con tantas familias de otros tantos continentes, y aprender tantas cosas de sus cotidianas vidas.
 

Antes del almuerzo aprovecho para darme una ducha en exterior tendejón también denominado primario, y hacer colada después de sudorosos y malolientes días de barco.

Cuando regreso de tender la ropa, me topo con compañeros de choza, y es que tres franceses acaban de llegar de Santarém para pasar aquí también un par de noches y coincidiremos en este último mi día aquí.

Los tres venían por separado, pero lo que nos suele pasar a los individuales viajeros, el viaje nos acaba juntando, así que uno de Montpellier, otro de Annecy, tierra de la omnipresente marca francesa de ropa de montaña, Salomon, donde me indica trabaja su padre, y otro de Paris, ya juntos en Brasil se unen esta noche al asturiano de Pola.

Comida juntos a base de riquísima feijoada con arroz, pollo y tomate que nos han preparado en nuestro sencillísimo pero acogedor resort indígena.

Y para finalizar el día, mejor dicho para empezar la noche, una de esas cosas que se pueden hacer, que dan cierto respeto, incluso algo de controlado miedo, pero que cuando se presentan no se pueden dejar escapar. Un local del clan indígena, nos anima a ir a intentar ver unos inquietantes pobladores del rio, que no son otros que los yacarés, especie de cocodrilos, más bien parecidos a caimanes que normalmente se vienen a las aguas estancadas de la orilla del rio, y de los cuales en la oscura noche, solo se ven sus reflejantes ojos.

Así que armados con unas simples pequeñas linternas, nos vamos los cinco caminando por pista aproximadamente un kilómetro rio abajo hasta que nos comenzamos a introducir en la húmeda arena, ya cerca del rio. Sin hacer ruido y con nuestro indígena guía, como única seguridad de hacer las cosas medianamente prudentes, nos empezamos a meter con el agua por las rodillas mirando hacia todos lados con las linternas. Adrenalina la he tenido otras veces por las nubes, pero cuando estás haciendo algo para ti tan desconocido, en un medio tan desconocido y a la espera de inquietantes acontecimientos, esta os aseguro que se dispara.

Recuerdo otra ocasión no hace mucho tiempo, en viaje por Centroamérica, donde probé experiencia que para mí fue total. Os comparto enlace de ese capítulo de blog por si luego os apetece leerlo a quien no siguieráis aquel viaje. La narración de una nocturna también experiencia está en la segunda parte de esa entrada de blog.
http://albertocampamontes.blogspot.com.br/2011/09/viaje-centroamerica-ix.html
 

Fue buceando en la noche de la isla hondureña de Utila, y mi corazón latía de una forma similar a esta noche amazónica.

Prosigo con la narración, aunque creo os desilusionara un poco el final después de tantas expectativas que tendríais puestas en este relato, pero a veces las cosas no se dan. Una vez atravesada por todos la zona inundada, salimos a una zona de arena con manglares de rio, desde donde caminando en fila y alumbrando constantemente la zona paralela inundada se intentaban descubrir esos ojos de yacaré, pero tras casi una hora buscando, no tuvimos la suerte de que estuvieran por allí, como según nos decía nuestro acompañante solían venir a pasar las noches y reposar semisumergidos en esas reposadas aguas.

Así que haciendo una final intentona en otro lugar un poco más lejano, dimos por abortado el intento, ya que no siempre es posible que ellos se quieran dejar ver, como también sucede con otros curiosos animales que pueblan la entrada de este rio, los por mí tampoco vistos, y llevo tiempo intentándolo, grandes manatíes.

Noche colgante acompañado  por también colgantes amigos de la francesa Francia, con quienes no tuve suerte de compartir experiencia natural, pero el día fue más que positivo, así que a dormir muy contento por todo lo visto y aprendido.

 

DÍA  13 SANTARÉM –AMAZONAS (OBIDOS)

El día comienza con gran madrugón a las 4 de la mañana para coger el único bus que retorna hacia Santarém, donde abandonando este rio Tapajós, seguiría curso arriba nuevamente el Amazonas.

Por si me dormía, los gallos indígenas se encargaron de despertarme sobre las tres de la mañana en canticos coordinados por todos los gallineros, y debían de ser casi 40, tantos como familias indígenas de Maguarí,  porque aquello en la madrugada era una sinfónica. Que digo una sinfónica, era una radio transmisión, similar a Eurovisión, con conexiones en directo desde todos los puntos. Pero al menos, hoy no entró el pato mudo a retrasmitirme el acontecimiento musical.

En la oscuridad me levanto intentando no perturbar el sueño de “mes trois amis françaises” que dormían ampliamente en el frescor de la noche amazónica. Palpando ropa, y con la única luz de mi teléfono, grandísimo compañero de viaje, porque lleva años haciendo las veces de reloj, que no llevo, de cambio de moneda, de lectura, de música, de diario y como no, de improvisada linterna, hago petate para partir.

Relleno mi botellín de agua, con agua de lluvia que recogen en tinajas y envían a la vivienda por un ingenioso sistema de tuberías, para así no tener que comprar durante el viaje y hasta llegar al barco, donde también la tendré nuevamente gratis.

Finalmente descuelgo mi “rede” que me seguirá haciendo el uso de cama durante todavía muchas noches. Como me hacen disfrutar las cosas que compras baratas, que te hacen viajar barato y encima que las utilizas y empleas muchísimo. Hubo muchísimas cosas útiles que compré estando de viaje, y que todavía conservo y uso, a veces pareciendo indestructibles, por la cantidad de años que llevan conmigo, zapatos, camisetas, mochilas…

Hago esta reflexión, porque opino que a veces también se compran muchas cosas, a veces a precios elevados, se usan una o dos veces y se quedan en un cajón o enseguida se reemplazan por otras más nuevas pero que no sustituyen funcionalmente el uso que tenían las antiguas.

Es un error que a veces  hace tener que ganar más para gastar más, sin llegar a explotar bien cada producto. En cuanto al precio sucede lo mismo. Siempre creí que el precio de las cosas  (ropas, electrónica, menaje, deporte…), no debería ser nunca el que marca el fabricante sino el que esté cada uno dispuesto a pagar por él. De hecho, hoy en día y ya desde hace bastantes años, la forma de comercializar cada producto suele ser marcarle un precio más alto del justo inicialmente, al haber siempre mucha gente que no se parará a examinar si es justo, ya que sencillamente lo paga. Posteriormente, una vez estos clientes ya han comprado se va disminuyendo y buscando clientes en escalas de precio intermedios que también lo vayan pagando, para al final dejarlo definitivamente en un 40 o 50% más barato que su precio inicial, donde se vende el resto, siendo éste el precio más justo de compra/venta.

Creo que la forma más efectiva de ganar dinero es gastándolo. Nuestros ingresos a veces vienen ya estipulados, pero nuestros gastos son siempre decisión nuestra y si es meditada, comparada y pensada, siempre se va a ganar mucho dinero en un mes, la cantidad se multiplica sustancialmente en un año y que decir de la cantidad de dinero que se puede ganar en una vida, simplemente gastando inteligentemente en todo.

Todo este discurso, imaginaros que es por una simple hamaca de 20 reales, con un simple ahorro de 5 o 10 reales, pero que sumado al ahorro de alojamiento estándar durante días y el uso, espero mucho, que se le puede dar, fijo irá haciéndome ganar días futuros de viaje, de vivir, de conocer, de ganar experiencias y sensaciones impagables.

Por eso me encantan la mayor parte de países de este mundo, donde las cosas no tienen un precio, sino que el precio lo va generando el regateo entre un vendedor y un comprador, que generalmente llegan a un punto de encuentro, donde el comprador llega hasta donde considera vale la pena pagar, y el vendedor nunca lo bajará del que a él le merece la pena vender.

En la oscuridad de la noche me dirijo hasta la cercana pista por donde pasa el bus para no perdérmelo, pero antes debo ir al servicio mañanero, y que por estos lares es la inmensidad de la selva o riberas del rio. Espero no esté debajo ningún yacaré dormitado que se tenga que ir a pegar un baño. Oigo ya en la lejanía el ruidoso motor diésel del viejo autobús Volkswagen, marca que en este Brasil amazónico está desde años bien instaurada, habiendo muchísimos vehículos comerciales de la alemana enseña, desde camiones, picup y la conocidísima primera autocaravana del mundo, la hoy en día VW California, pero que allí sigue viéndose generalmente las unidades de los primeros modelos. Otra compra muy, pero que muy aprovechada.

Me subo tras abrirme en fascículos la puerta el mismo conductor que días atrás me trajo a conocer otro humano mundo selvático, y ya en el interior muchísimos indígenas del cercano pueblo de Jamaraquá, inicio de la ruta llenan el bus.

A mi lado, una nenina va con su mamá al cole, con una mochila colgada a la espalda que es más grande que ella, pero lo orgullosa que ella va con su mochila rosa se refleja en el gesto de descolgársela y colgársela varias veces, colocando sus libros y lápices en el interior.

Otro nenín re peinadísimo por su mamá, quizá con los aceites de los frutos caídos de enormes arboles selváticos, que Raimundo me mostró el día anterior. Atento, con su mirada al frente, observa todo el movimiento del bus en la pista. Y en general, todos los pasajeros indígenas, que a una cosa u otra se dirigen a Belterra o Santarém, me demuestran su grandísima dignidad. Como me gusta observar, pensar y ver la cotidiana vida, de cotidiana gente que vive su vida muy dignamente, con muy poco. Quizás en occidente cuando se emplea la palabra dignidad, en el trabajo, en la vivienda y en tantas otras cosas, no se acierta con el término. Muchas veces se reclama como digno, mucho más de lo que la persona se afana en conseguir. La dignidad, también como casi todas las cosas se gana con esfuerzo personal diario, y no solo reclamándosela a un estado o madre patria que deba proporcionarla.

Durante el viaje hasta Santarém, de unas tres horas, se llenaría y vaciaría varias veces sobre todo al pasar por Fordlandia, como aquí conocían la ciudad de Belterra, creada como os contaba por el inicial consorcio FORD, para sus trabajadores del caucho brasileño. Muy cerca de allí se encuentra la localidad ribereña de Alter do Chao, donde se encuentra una de las playas fluviales más bonitas de la cuenca amazónica con transparentes aguas y paradisiacas playas de arena fina. Con tiempo sería un lugar fabuloso para pernoctar y descansar unos días.

Sobre las 8 ya me bajaría para conocer la ribereña ciudad que se extiende kilométricamente, y que en su centro cuenta con un sencillo mercado de pescados, negocios de todo tipo y unos pocos hoteles que sirven como en uno cualquiera que entré, para desayunar muy barato lo que para mí ya sería una copiosa comida del día, ya que puedes coger todo lo que quieras por 10 reales, que son?....sí, unos 3 euros.

Tras ponerme las botas, subir las fotos de estos laboriosos blogs que les comparto a todos Vds., mas por el tiempo que supone esa subida a la red, en lugares donde las conexiones wifi suelen ser muy lentas y a veces hasta desesperantes. Pero de momento, todo va bien, y siempre he podido compartirlo, aunque a veces me cuesta alguna que otra carrera final hacia un bus o un barco, por no acabar de cargar en los minutos ya límites de tiempo.

 Tomando un rápido moto taxi, y cruzando la ciudad a gran velocidad…, jojaja, vamos a dejarlo en velocidad, pero un  poco cargado y agarrado a Sito Pons, con mi mochila, mi casco…no el suyo, de la talla S, que solo puedes insertar media cabeza y el gran calor ya reinante a esas avanzadas horas del día, arribo al puerto fluvial donde las grandes barcazas esperan para salir, entre ellas la mía, que esta vez es mucho más pequeña que la que me trajo desde Belem.

Pero aunque más pequeña, más vieja y más destartalada que la otra, hay una cosa que para un optimista lo compensa todo. Es su nombre: Cisne Branco. Nombre bonito que me traslada a otro muy conocido durante años rio, y que todavía hace unos meses pudimos disfrutar navegando a su paso por la capital serbia Belgrado.

También me recuerda la fantástica obra de ballet que en pasada vuelta al mundo pude ver y saborear en un escenario como el gran teatro de Novosibirsk, en mi hoy hace un año viaje transiberiano.

Para acceder al Cisne Branco, hay que esperar en una sala enrejada, donde a la voz de “arrr” todos mis compis de pasaje, toman sus cosas y entre algún que otro empujón salen disparados hacia la “nao”, una vez abierta la reja. Nunca estuve en la fiesta del Rocio, pero debe ser algo parecido, en cuanto de asaltar la reja se trate.

Y claro que sí, cuando la manada corre en estampida es por algo, y es que cuando llegas a la pequeña cubierta donde se viaja en hamaca, aquello está al límite de redes colgantes, teniendo que uno colgar la suya por: encima, debajo, sobre, adjunta, anexa o….bueno, o dormir en la de otro, jajá.

Vaya aforo, y es que aquí jamás verás un letrero que ponga “hasta llenar aforo”.  Se llenó tanto que hasta muchos tuvieron que colgar las hamacas en la bodega, junto al cargamento de tomates que la barcaza llevaba hacia Manaos. Pero la verdad es que por los solo 100 reales que cuesta este gran viaje de tres días y dos noches, a mí como a casi todo el resto me resulta suficiente. Lo único que me preocupa un poco es que los saturados registradores de pasaje me pierdan mi pasaporte, que debes de dejarles al subir a bordo. Y es que ya se sabe, tener que sacar otro pasaporte en estos lugares, supondría perder varios días de viaje.

La salida del puerto, dejando las otras abarloadas barcazas y  viendo toda la alargada y extensa ciudad de Santarem, es bonita, pero aún lo es mucho más, el espectáculo geográfico que iba a ver, pero que no esperaba ver hasta cerca de la ciudad de Manaos.

Es el increíble “Encontrro das aguas”, que aquí ya se da al juntarse los cauces de los ríos Amazonas y su afluente el por mi conocido en estos días en Maguarí, el rio Tapajós.

El espectáculo ya se presiente en la lejanía donde visualmente todavía estrecha franja de curso fluvial es de color diferente al hasta ahora navegado.

El barco se va acercando y los dos colores ya se ven juntos muy nítidamente, hasta el punto que uno parece estar observando una botella de sabroso licor Sheridan’s, donde sus dos sabores permanecen separados para más tarde juntarse en un único licor. En este caso el color amarronado y café con leche del Amazonas, corre paralelo al recién incorporado y más cristalino color té del rio Tapajós.

Este curso paralelo continua rio abajo si uno fuera descendiendo el rio durante varios kilómetros, al tener distintas densidades la composición de las aguas, e incluso correr a distintas velocidades, hasta que finalmente se juntan.

Después de contemplar y fotografiar intensamente tan desconocido por mí hasta ahora, accidente geográfico, o más bien suceso geográfico, el viaje por el gran rio continúa. Y el paisaje, lejos de resultar monótono, es casi siempre cambiante, pudiendo ahora ir observando como cerca de las ciudades hay zonas agrícolamente explotados e incluso verdes zonas de pasto donde caballos, y reses con grandes cuernos, pastan y se acercan a beber al rio.

Al cambiar el barco de orilla para recortar distancia, lo hace lo más rápido posible para evitar la fuerte corriente negativa que frena su travesía, y al otro lado en grandes islas que va formando el rio, se ven muchas zonas inundadas durante las crecidas de este.

Intercambio de vistas al rio, desde la muy calurosa y soleada pequeña cubierta superior, o desde mi hamaca colgante con vistas al paisaje, desde cubierta central. Algún paseo a la inferior, donde los tomates, siguen todos viajando bien, gracias.

Nuevamente merienda cena con sopa caliente y café de abordo. Preciosa puesta de sol, con enladrillado cielo, y tiempo hasta la noche que llega lenta, como el discurrir de este viaje por el rio que acumula días de navegación con el tiempo parece, que casi detenido.

Adelantamos dos barcos que nos precedían, y vamos llegando a la ciudad de Obidos en la que recalamos ya con la luz del día ya terminada.

 
 
Rápida carga y descarga de pasaje y continuación de viaje, con medio barco subiendo a la cubierta superior para un acontecimiento casi tan importante en este país como el futbol: la telenovela de la noche. Increíble, que los barcos lleven una gran pantalla de televisión colgada del puente para generalmente encenderla solo para esa telenovela. Y la ven ellas, pero también la ven ellos, lo que no sé es si como dice la canción de Bosé, “los chicos también lloran…”
Que atardeceres en el río!