MATE

MATE
La vida en un mate: sorber despacio y saborearlo con intensidad, que el mate como la vida, cuesta tiempo prepararlo, pero sino se disfruta al beberlo, cuando se acaba es tarde.

17 de marzo de 2013

Vuelta al mundo 2013, Capitulo 23 - TREN SHINKANSEN A FUKUSHIMA Y LLEGADA A LA CAPITAL DE JAPÓN

DÍA 44 NAGOYA Y FUKUSHIMA

Por la mañana me preparo como todos los días para seguir viaje en esta pequeña y grande a la vez, vuelta al mundo que ya avanza en su segunda parte por estas tierras japonesas del Pacifico antes de cruzar al continente americano. Otra vez, abandono ciudad con ganas de quedarme más días en ella, sobre todo en esta impresionante Kyoto que tiene 17 lugares declarados Patrimonio Mundial de la Humanidad por la Unesco, ahí es nada.

Importante antes de empezar el día desayunar e ir al baño antes de la salida para evitar posteriores inconvenientes escatologicoviajeros. Vaya palabreja que me acabo de inventar, eh?, pero es que lo que os voy a contar lo merece. Os pongo fotilla en este blog para que veáis que la tecnología japonesa esta por todas partes, y el cuarto de baño no iba a ser menos. No era la primera vez que veía tan ergonómico cuadro de mandos anexo a una taza del W.C. Los hay de muchas formas y con infinidad de botones…pero a ver quién se atreve a tocarlos cuando estas tranquilamente sentado haciendo tus necesidades mayores. Bueno el uso correcto, es cuando acabas de hacer tus necesidades mayores, y decides lanzarte a explorar el maravilloso mundo de la higiene posterior tirando a posterior muy trasera.

Para empezar deciros, que los asientos de los W.C. de Japón como también sucedía en algunos de Corea, están calefactados y uno no tiene el problema de levantarse destemplado y sentir el gélido frío del receptáculo del trasero al sentarse en él. A partir de ahí, un sistema electrónico de sensores tira de la cadena solo, al levantarte del asiento, esto, si no deseas un trabajo más exhaustivo de limpieza. Si lo que quieres es un buen resfregao trasero empiezas a tocar botones y sale desde chorro a presión, viento secador y desodorante para ti y para el próximo piloto que entre a conducir la nave. No sigo con la tecnología japonesa, supongo os hacéis una idea. Solo deciros que hay otros también muy bien pensados en los que un grifo sale de la parte superior de la cisterna y echa agua en una palancana que se comunica con esta para que a la que se llena te puedas ir lavando las manos y ahorrar agua y espacio, no requiriendo el baño tener bañal para ese lavado de manos.

Japón piensa en todo y lo hace bien, otra cosa es que sepas o no sepas pilotar bien estas naves una vez te has sentado en ellas.

Proseguimos viaje tomando metro hasta la estación donde de nuevo en sus andenes, por los que ya voy intuyendo carteles en japonés, un nuevo tren Shinkansen, en esta ocasión me acercará a la vecina ciudad de Nagoya.

De los ultrarrápidos Shinkansen ya os he hablado en otros capítulos, pero no dejan de maravillarte por tanta perfección y rapidez, tanto cuando te subes, como cuando admiras el paisaje que te da tiempo a ver desde el interior de ellos. Es tal la velocidad cercana a los 320 kms/h, que cuando tiras una foto, los postes del tendido eléctrico de la vía salen tumbados en vez de derechos.

En esta ocasión saliendo de Kyoto se comienzan a ver muchos terrenos, sembrados con el omnipresente arroz, que es usado muchísimo en todas las cocinas de Japón y de toda Asia. En los alrededores de estos campos, muchas casas bajas con los tradicionales tejados negros y su pequeño jardín con árboles bonsái a la entrada de ellas.

Con puntualidad milimétrica el Shinkansen se para en la estación hotel de Nagoya, y me bajo para ver un poco esta ciudad. Hoy llueve bastante y tras darme un paseo por sus concurridas calles, con mucha gente que va y viene a sus trabajos y negocios, me voy hacia un gran edificio al que se puede acceder a sus plantas altas.

En concreto me poso en la planta 43, donde en muchas oficinas los empleados allí trabajan, y curiosamente tienen hasta una pequeña tienda en la planta para comprarse algo de comer o beber durante su jornada laboral. En Japón el tiempo es oro, y para una cultura en la que el trabajo es una bendición y al que se le tiene un enorme respeto, la mayoría buscan que no haya perdidas inútiles de tiempo hasta finalizar la jornada. Es Japón, en algunas cosas estaremos de acuerdo, en otras podemos discrepar con ellos, pero sí que se merecen un lógico reconocimiento por su valorado trabajo.

Desde los ventanales que dan a las calles, una panorámica de todo Nagoya se me presenta delante de mis ojos en este gris día. Puedo ver las vías de la estación con el paso de los largos Shinkansen, algún que otro rascacielos cercano y acceder después a una zona de restaurantes en la planta 51 que tienen a la entrada una bonita sorpresa. Esta sorpresa es una gran urna con un muñeco que se moverá a las horas en punto al ritmo de los acordes de esta gran caja de música. En Japón les encantan estas cajas musicales, y como había visto en el museo de Kyoto y vería después en la ciudad de Fukushima las tienen por todos los sitios sorprendiendo a los locales y a los viajeros como yo, poco acostumbrados a tan delicada música.

Durante unos minutos me quedé tonto mirando el artilugio inventado por una imaginativa señora y que deleitaba gratuitamente a los visitantes de la torre.

Aprovecho a cambiar algo de dinero a yenes en banco cercano, viendo a mi paso los preciosos y asombrosos diseños de algunos rascacielos del Down Town de Nagoya. Me vuelvo después al tren viendo las conexiones que desde aquí hay hacia el norte, a los Alpes Japoneses y a las ciudades cuasi alpinas de Nagano y Takayana. Desde allí también otros trenes se dirigen a la popular villa de Kanazawa, donde aún muchas geishas trabajan junto a sus aprendices las Maiko, y también ciudad histórica de los fieros Samuráis.

Imposible verlo todo, por tiempo y logística viajera de esta vuelta al mundo, en la que mi barato y muy aprovechado Rail Pass Japón, finalizaría al día siguiente. Con él, me dirijo a visitar una última ciudad, esta vez en el norte de Japón, que como otras tres de este viaje fueron noticia hace unos años por nuclear suceso. Es la ciudad de Fukushima. Para llegar a ella aún debería cambiar de tren a mi paso por la capital del país, y desde allí tomar otro rápido Shinkansen que me lleve al norte japonés.

Antes de llegar a la capital paso por el lugar desde donde en el día de hoy no podría ver una de las maravillas de este país. El Shinkansen pasa por la localidad de Fujiyama, pero en un día gris y nuboso su afamado monte Fuji no se iba a dejar ver a mi paso. Ya esperando tan infortunado tiempo, tomé fotografía en la estación de Nagoya para poder mostraros como sería su vista con Shinkansen posando rápidamente para la foto. Espero os guste la foto, y os adelanto que la preciosa montaña si se decidió a mostrarse ante mí, días más tarde desde rascacielos de Tokyo.

Primer contacto con la metrópolis de Tokyo, enorme ciudad y área metropolitana, por algo es la mayor del mundo con casi 40 millones de almas viviendo en ella. Casi media hora entrando en ella por el oeste y posteriormente otra media hora saliendo de ella por el este a velocidad nada desdeñable del rápido Shinkansen, que por aquí, si desaceleraba un poco y permitía tomar alguna foto de los aglomerados barrios de casas.

Cambio rapidísimo de tren, viendo muchos carteles que anuncian que esta ciudad es potente candidata a los juegos olímpicos del 2020, en los que creo competirá con Madrid, y continuación de viaje en dirección a Fukushima.

En tiempo record llegada a la estación Shin Fukushima, prefijo que tienen todas las estaciones que acogen el veloz Shin-Kansen, y saliendo a sus calles mucha nieve sin derretirse de las últimas nevadas caídas.

Esta ciudad quizá sería una novedad para muchos de nosotros, pero como también en su día, les ocurriría a las ya visitadas Hiroshima y Nagasaki, pasan a ser muy conocidas por una reacción nuclear. En el caso de Fukushima el fuerte tsunami de hace dos años fue el causante del accidente radioactivo, que viendo la rutina de la ciudad y sus habitantes, creo está ya bien superado. Quizá se ven más personas con mascarillas que en otras ciudades, pero su uso en Japón es bastante habitual entre gran parte de los viandantes. En una de sus calles cercana a la estación, tomo foto a otra original caja de música, que a cada hora se pone sola a funcionar interpretando una agradable melodía de piano. En Japón, como os comentaba a mi paso por Nagoya, les encantan las cajas de música, las hay grandes, pequeñas, en locales y lugares públicos, y hasta pude ver un museo como os decía en mi anterior visita de Kyoto. Hay verdaderas obras de arte como en este caso. Que bien que hoy, en la todavía bastante nevada Fukushima, suene la música y se haya recobrado la normalidad, después de tiempos difíciles.

Paseando puedo visitar el muy sintoísta Inari Temple, cercano al museo de la ciudad, y a continuación otros cuatro pequeños templos budistas que se alinean en cercana calle. Todos ellos con también muy trabajados arboles bonsáis en sus jardines. En el centro de la ciudad, aprovecho para cenar y pasar mails, hasta la hora de madrugada en la que tomaría tren de regreso a Tokyo.

Antes de salir en nuevo Shinkansen, en esta ocasión bautizado con el nombre de Tsubasa, pienso en esta ciudad y le deseo que la fama que por ese adverso y destructivo tsunami , le sirva ahora para atraer muchos visitantes a ver una de las tres maravillas de Japón que son las pequeñas islas de la cercana bahía de Matsushima, en el Oceano Pacifico nipón.

DÍA 45 TOKYO EN HOTEL CAPSULA

Por fin alcanzo definitivamente la actual capital del viejo Japón. Tokyo es la mayor metrópolis del mundo, como os comentaba, su área metropolitana da cobijo a casi 40 millones de personas. Es tan grande que Nueva York aquí casi sería solo un barrio, como las ciudades de Yokohama o Kawasaki adsorbidas literalmente por el gran Tokyo. De hecho Tokyo no se puede entender como una ciudad convencional con un centro y alrededores, sino como varios núcleos independientes con vida propia. Si tuviéramos que definir un centro seria el área de Marumouchi donde está la estación principal de Tokyo y donde llegan los trenes Shinkansen. Cerca de allí, en una ciudad tan gigantesca como esta, el espacio siempre es un problema, y ese problema los económicos hoteles capsula lo tienen resuelto. La noche en un hotel capsule, es como dormir en una estación espacial. Llegas a tu capsula y te insertas dentro de ella donde tienes todas las comodidades, radio, despertador y hasta una pequeña televisión que funciona con monedas.

Te asignan un pijama celestial y tienes una cortinilla para tu intimidad espacial. No hay colchón, se duerme en un pequeño tatami con una especie de edredón encima, y la almohada tiene posición de espuma o posición de granos de arroz. Aunque parezca mentira se está cómodo, y al ponerte el pijama descansas de tu indumentaria viajera. Varios pisos de capsulas albergan muchos cosmonautas como yo. Es como dormir dentro de una pastilla, pero el precio 10 veces inferior al de los hoteles de la zona. Solo una advertencia: antes de usar la capsula consulte con su farmacéutico. Puede ocasionar claustrofobia, pero la experiencia merece mucho la pena para los occidentales acostumbrados a los grandes espacios en grandes habitaciones de grandes cadenas hoteleras. Es simple pero con utilidad plena.

En la tarde aprovecho para conocer el centro de Tokyo, comenzando la visita por su nueva y vieja estación central de ferrocarril, donde desde su oficina de turismo, me equipé con todo tipo de información para poder conocer esta grandísima ciudad, o mejor dicho, grandísimas ciudades enlazadas a modo de barrios con identidad propia. Cercana a la oficina de turismo veo una exposición de un pintor japonés de acuarelas, que está ofreciendo una visión de sus preciosas obras pictóricas que no me resisto a ver, acordándome mucho de un buen amigo, excelente pintor también de tan difícil técnica de pintura, y que pinta muy parecido a este maestro de ojos rasgados. Un abrazo amigo Bustamante.

Desde aquí la zona de Marunouchi y sus edificios de semirascacielos Marunouchi y Shin Marunouchi, donde en sus bajos y continuando por la calle, muchas tiendas caras de Marunocuchi-naka-dori, hacen las delicias de los adinerados turistas.

Atravesando esta zona se llega al Palacio Imperial y su gran recinto amurallado, verdadero centro y corazón del primer y del actual Tokyo.

En él, hoy en día reside la familia real nipona, y por las pistas, que bordean su muralla con foso de agua, muchos corredores se entrenan para la próxima maratón de Tokio, que por unos pocos días no tengo la suerte de presenciar…y quién sabe si también a lo mejor de haberla corrido. Alguna fotilla con camiseta de mi Corresiero Atletismo, equipo al que sé que le encantaría poder llegar algún día a contar con algún miembro corriendo esta importante maratón, que está en el selecto club de los Six Majors, las seis mejores del mundo, junto a Boston, Chicago, , Londres, New York y Berlín.

En mi poder ya están las dos últimas, y que bonito hubiera sido poder correr esta, pero todo no siempre puede ser y mi billete de paso al nuevo continente americano ya estaba emitido y pagado para unos días antes de la prueba. Para más afilado de los dientes, un concesionario de la marca alemana BMW, patrocinadora de la prueba expone los coches que acompañaran a los corredores y los carteles anunciadores de esta edición 2013.

Ya anocheciendo me voy a la ciudad anexada por Tokyo de Nishi Kawaguchi, utilizando el metropolitano de Tokyo, uno de los más complejos de usar por sus cientos de estaciones y líneas que se entrecruzan, habiendo incluso varias compañías circulando por el subterráneo tokiota.

En ella encontré una barata guesthouse y donde con precio muy, muy económico quizá me alojaría en el peor de todos los hostales utilizados en este viaje, un verdadero antro por espacio y limpieza, con bastante, con mucho bastante menos espacio que los hoteles capsula, pero por supuesto nada que no se pudiera resistir, por habitual viajero en pobres ciudades africanas, con alojamientos mucho peores. A veces no se acierta, pero no pasa nada, todo se supera.

Noche en media capsula de espacio, con hasta difícil acceso de subida a cama litera establo. Algo se pudo dormir. Sayonara amigos!



Como siempre anteriores capítulos en:

http://albertocampamontes.blogspot.com

11 de marzo de 2013

Vuelta al mundo 2013, Capitulo 22 - REGION DEL KANSAI (NARA, OSAKA Y KYOTO)

DÍA 42 NARA Y OSAKA

Hoy bien temprano abandono mi sencillo hostel, este de Osaka quizá demasiado sencillo comparado con los otros en que me había hospedado hasta el momento, y dejando la mochila grande para recoger a la noche camino de Kyoto, salgo para ir a conocer la ciudad de Nara. En el camino hacia la estación por estrechas y laberínticas calles uso mi mapa del tesoro para no perderme entre la muchedumbre de este barrio de Osaka, donde muchísimas tiendas venden sus productos perfecta y apeteciblemente presentados. Sushi, Sashimi, carnes, frutas y verduras y hasta los omnipresentes aquí, palillos para comer, son expuestos cuasi dioses en los escaparates.

Me preparo para el complicado enlace de metro y tren de Osaka para acercarme a ver quizá la ciudad más importante de Japón, que junto a Kyoto son dos imprescindibles en cualquier viaje a este país. Tras una hora, más o menos de tren, esta vez convencional ya que en esta línea no hay Shinkansen, llego a la ciudad, me dirijo a su oficina de turismo que siempre como en el resto del país, están omnipresentes en todas las estaciones de tren. Por algo aquí el tren es el transporte numero 1 por excelencia, y además merecida excelencia. Puntualidad, rapidez, inmediatez y con estaciones muy céntricas en todas las ciudades. Los trenes son bien conservados por sus usuarios que los tratan como si fueran su salón de casa, hasta el punto de tener sus servicios más limpios que los de algunas casas, fijo.

Me da que pensar también, que en España, y en concreto en Asturias, tenemos una red ferroviaria impresionante para los habitantes que somos, pero no se le hace demasiado caso hasta el punto de tener que clausurarse líneas, y ahora medio cerrar nuestra histórica Feve, al incorporarla a Renfe en Adif para su supervivencia, ya que a veces da pena ver los trenes medio vacíos por no decir completamente vacíos. Siempre que he tenido oportunidad de usarlos lo he hecho tanto viviendo en Oviedo como en Gijón o Avilés. No te cuadran las cuentas de una bestial crisis y la utilización casi total del coche para cualquier desplazamiento, aunque este no sea urgente, pero…así somos los latinos, será por perres.

En Japón, el tren es casi un Dios para su población y da gusto usarlo, y compartirlo. Bueno a lo que íbamos, ya me vuelvo en tren de la localidad de “los cerros de Úbeda”, que llegué a Nara y en la oficina de turismo me enteré de donde alquilar una bicicleta, cosa que en casi todos los viajes suelo hacer, y que aquí en Japón no es nada difícil, ya que mismamente los pasajeros japoneses, hacen lo mismo al llegar a las estaciones, para moverse por la nueva ciudad, y para lo que Nara es de lo más propicia y así poder visitar todos sus templos rápidamente.

Aquí solo tienes que tener cuidado con la gran cantidad de ciervos que andan sueltos por la ciudad, que como en el caso de Miyajima son animales cuasi sagrados y andan a su real gana por todos sitios. Y digo que solo cuidado con ellos, porque otra de las cosas que aquí hay que admirar es el respeto enorme también como por casi todo, por los ciclistas, bien vayas por la calzada o por las aceras. Hasta los peatones procuran apartarse a tu paso, así como los conductores no estorbarte lo mas mínimo, cuando circulas en ella. Esto es Japón, otro planeta en cuanto a conducta se refiere. Mucho, muchísimo que aprender.

Mi primera visita es al templo de Kòfuku-Ji, un antiguo templo trasladado desde Kyoto, y que en su día llegó a tener casi 200 edificios aledaños, pero que hoy solo conserva unos pocos entre los que destaca el templo principal y una pagoda de cinco pisos, la segunda en altura de Japón. Grupo de escolares uniformados con negros trajes de cuello Mao, también de visita en la zona. Desde allí, tras visitar una exposición de tejas japonesas, verdaderas obras de arte y fotografiarme con tradicionalmente vestidas japonesas, y con el barato medio de locomoción agenciado, podría conocer los amplios jardines de Isui-en y los estanques del Museo Nacional y sus edificaciones, tanto la antigua como la moderna, tal como también es Japón.

Por las calles muchas calesas tiradas por atléticos japoneses a modo de taxi humano trasladan a turistas de visita en la zona. Al hilo de esto, también muy habitual en China, y visto por algunas personas como algo inhumano e indigno para un hombre, mi opinión es que es un trabajo físico como otro cualquiera, con gran tradición en la zona y que se ejerce libremente a cambio de una contraprestación económica, por lo que no me parece que sea algo indigno de ganarse la vida, al igual que sucede con los limpiabotas en muchos otros países. No por no ser el mejor oficio del mundo, deja de ser una fuente de trabajo e ingresos para mucha gente.

Desde allí y a pocos kilómetros de distancia el monumento estrella de Nara, y uno de los principales de todo Japón, por lo menos en cuanto a magnitud se refiere. Es el gran templo Tódai-Ji donde está la imagen del buda gigante o gran buda Daibutsu. Como en casi todos los templos budistas, también visitados en otro viaje anterior a la vecina China, accedes por varias grandes puertas que preceden al gran templo principal. En este camino, que yo hice también con la bici siguiendo mi lema de más vale entrar y seguir adelante, aunque después haya que pedir excusas, que no entrar por haber pedido permiso, una gran cantidad de ciervos abarrotan el lugar en claro acoso al turista que porte algo de comida. Por doquier, mas colegiales uniformados con sus profesores en viaje a la importante ciudad histórica y sus templos.

Al asomarme al edificio principal una vez pasada la última puerta una sensación de asombro recorre mi cuerpo. Es por las dimensiones del templo de gran magnitud, así como por estar todo realizado en madera, y que no extraña sea la estructura de madera más grande del mundo, y que tiene el honor de albergar en su interior la imagen del gran buda Daibutsu-den. Y eso que esta estructura se restauró a principios del siglo XVIII, siendo solo dos tercios del tamaño de la original.

Al asomarte a su interior tras pasar por la gran pila donde los fieles hacen sus ofrendas de incienso y la arqueta de madera donde arrojan sus monedas, la gigantesca estatua del buda te mira por encima del hombro, muy por encima del hombro, a unos 16 metros por encima de tu hombro. Esta realizada en 437 toneladas de bronce, más otros nada desdeñables 130 kg de oro, ahí es nada. La estatua también está varias veces restaurada y perdió su cabeza en muchas ocasiones. Algún guerrero gritaría la famosa frase del libro “ Alicia en el país de las maravillas”:

- ¡Qué le cooooorten la cabeeeza!

Le doy la vuelta a la figura, veo sus imponentes guardianes en los laterales interiores del templo, y fotografío, fotografío resistiéndome a marchar de tan impresionante lugar. Para poder describir todo el recinto necesitaría varias páginas, y casi prefiero que os hagáis una idea viendo las fotos que os adjunto.

A la salida del templo un grupo de escolares me ríen la gracia que les hago gesticulando, mientras su profesor les está explicando la historia del templo con autentico automatismo parlante, y a los que distraigo durante unos segundos para alegrarles un poco la programada visita. El profe con paraguas en alto y mascarilla en la cara casi me mata con su mirada, pero te inclinas reverenciando y pidiendo perdón a su paso y todo solucionado, correspondiéndote igualmente con similar reverencia hacia este español, un poco granuja en esta ocasión. Y mi inocente gamberrada casi tiene castigo por que según me doy la vuelta una fantasmagórica talla de madera casi me da un susto de muerte, casi parecía un cadáver cubierto por un pañuelo rojo mirándote no como el gran buda por encima del hombro, sino que este, frente a frente, para asustarte bien asustado.

Cojo mi bici y me voy a visitar en empinada subida, que necesita de las habilidades de este vecino del Tarangu, para ascender hasta los templos de Nigatsu-dò y Sangatsu-dò.

La ganada sudada también tiene su premio, no tanto por lo bonito de los dos templos, sino por las vistas que desde sus terrazas de madera hay de todo el entorno religioso y de toda la ciudad abajo al fondo. Muchísimos farolillos de piedra en las escalonadas cuestas, y muchas fuentes con garcillas de madera donde los devotos y visitantes toman agua para beber. Desde aquí, ver los siempre adornados tejados y sus figuras en las cúspides también tiene premio, al ser figuras de grandes dimensiones en teja negra que dan un aire infernal a tan escultóricos tejados.

También muchas lapidas funerarias de piedra con letras japonesas esculpidas y grabadas con pintura negra, junto a un pequeño pero preciosos templo sintoísta, te sorprenden gratamente. Siguen los omnipresentes ciervos por todas partes.

Ya para finalizar la visita de la ciudad, atravieso un gran parque con muchísimos ciervos pastando que casi me impiden el paso, teniendo que posarme a saludarles casi uno por uno. Que majetes los cérvidos estos, sigo camino y me acerco a ver el último lugar importante de esta monumental ciudad. Es el Kasuga Taisha, un templo sintoísta en recinto de grandes dimensiones y al que accedes también por escaleras de piedra, escoltadas por muchísimos farolillos de piedra cubiertos de verdoso musgo, en el interior de un bosque.

Que más se puede pedir, pues se puede pedir, que después de tanta caminata dejando la bici en la parte baja, llegues arriba y te topes con un precioso y gran templo en los habituales tonos anaranjados del sintoísmo, con otros muchísimos farolillos colgantes en sus paredes laterales.

Maravillado con esta ciudad y sin ganas de alejarme de ella, tengo que ir a devolver mi bicicleta, noooo, era mi bicicleta solo hasta las seis de la tarde. Magnifica visita que pasa a engordar mis otros tantísimos buenos recuerdos de viaje. Solo una de las muchas que tendría en este interesantísimo y apasionante país del sol naciente.

Viaje de vuelta hacia la gran Osaka, donde al llegar voy a visitarla por las alturas, al ser imposible dominarla por sus calles. Y es que en Osaka, está otra maravilla de Japón. En esta ocasión una maravilla moderna, en vez de una maravilla histórica, como son sus jardines flotantes, que se encuentran en lo alto de un rascacielos del Down Town de la ciudad, y con un acceso de vértigo. Ahora os cuento, dejarme coger aire.

Se trata del Umeda Sky Building. El edificio lo había visto en un folleto informativo y exteriormente ya es una pasada de diseño. Al acercarte a él desde la estación central de Osaka, que ya de por si es otra maravilla de diseño, versatilidad y eficacia, para la cantidad de gente que por allí pasa diariamente, sin llegar a notar nunca sensación de agobio ante tanta masa humana, no puedes admirarlo al verlo lateralmente. Pero cuando te sitúas debajo de la pasarela de cristal que une sus dos altas torres de parecido diseño al de las torres Petronas de Kuala Lumpur en Malaysia, notas la espectacularidad del edificio y lo que allá arriba vas a sentir, que no es otra cosa que nuevamente asombro.

La subida por la torre este, se hace en rápido ascensor de cristal desde donde contemplas toda la subida, pero no hasta el piso más alto, sino que a la altura del piso 40, el ascensor te deja para que hagas el resto de la subida por una escalera mecánica colgada directamente sobre el vacío, y viendo por envoltorio de cristal todo el exterior colgado del vacío.

Impresionante ascenso, en el que te cruzas con la gente que baja por la mecánica y paralela escalera de bajada. Al llegar arriba es cuando pagas si quieres la entrada a los jardines flotantes situados en el piso superior. Si sencillamente quieres disfrutar de la vista de la ciudad desde aquí a unos 170 metros de altura también puedes, y te ahorras el coste. En esta ocasión decidí abonar los más o menos cinco euros con los que pasearme exteriormente por tan alucinante jardín estrellado e iluminado con neones que hacían relucir blanquecinamente las ropas de los allí visitantes. Casi todo por cierto parejinas de japoneses que también sellaban su amor con infinidad de candados, cerámicas, y tarjetas que vendían en el piso inferior. A mí me faltaba mi otra media mandarina, pero enseguida la vería en próximo continente. Un beso Mónica.

Por lo menos me hice foto debajo de arco del amor con redondeado corazón de fondo y en banco exterior donde las baldosas luminosas iban formando corazones de cristal. Vamos que no iba a ser por amor en altura.

Un cartel indicaba la hora de la puesta de sol del día, a la que obviamente yo no había llegado al ser a las 17,39 horas pero la sola visión de todo el Sky Line de Osaka desde las alturas y en resplandeciente noche de rascacielos ya merecía la pena.

Bajada igual de espectacular del edificio, y aun me quedaría hacer todo el camino de retorno hasta la estación central, el cambio a otras dos estaciones, y la caminata con plano de Indiana Jones hasta mi hostel la noche anterior a recoger mi mochila, que por cierto estuve por dejarla allí porque llevo semanas sin utilizarla. Solo la hago que sea tan viajera como yo, pero no me ayuda en nada y la tengo que llevar en cuello, sin caminar ella un poco por sí sola, vamos una granuja esta mochila, jajá.

Después de itinerario de ida y vuelta que me llevaría casi 2 horas, tren hacia la cercana Kyoto, donde si tenía reservado para esa noche alojamiento en hostel Hana de esa ciudad, y que afortunadamente estaba cerca de la estación del tren.

Noche a bordo…a bordo de mi litera superior en habitación compartida por catarrosa gente que me complicaría un poco la salud en mis posteriores días en la ciudad, pero nada insalvable con unas siestas sudando el griposo catarro.

DÍA 43 KYOTO

Hoy disfrutaría de las visitas a una de las ciudades más bonitas que hasta ahora conozco, y en mi recuento del portal Tryp Advisor son ya casi unas 1200 las visitadas. Kyoto pasa a estar en mi top ten de favoritas claramente. Me ha maravillado, intentaré transmitir sensaciones más que atracciones, porque eso es Kyoto, una visita llena de sensaciones agradables a la vista y el resto de los sentidos.

Antes de emprender rumbo , me hago un cafetín en el moderno hostel, para intentar despertarme de una dura noche por enorme gripazo y taponamiento de nariz, que casi me tiene dos días K.O. Encima de la mesa de la cocina, tenías a disposición un Ipad sobre peana giratoria donde podías entrar en internet o poner cualquier canción entre las muchas a escoger, y que sonaba inalámbricamente en los altavoces de la cocina, o si preferías, en una tele plana de muchas pulgadas podías ver las noticias del día, claro está en facilísimo japonés, estos japoneses son la pera de tecnológicos. Al salir del hotel visito el cercano templo de Higashi Hongan-ji del que están reparando una parte. Para ello, como en todos, botas no tenían permiso para entrar en tan sagrado lugar, por obvia y necesaria cuestión de limpieza en su bello interior. Imagen de buda sentado y señorina mayor de ojos rasgados, también sentada viendo su querida imagen, a la que sabe Dios, que otro Dios, le estaba pidiendo. Paz, mucha paz en el interior de todos los templos budistas.

Desde allí tomo un metro tren para acercarme en esta ocasión a un templo de estilo zen, en la zona de Arashiyama al norte de la ciudad, es el Tenryu-ji. Sentando en el tren, me acompaña mama japonesa con su retoño que no para de mirar a este poco amarillo compañero de viaje, y que tras hacerle unas cuantas carantoñas ya está encantado de tan europeas atenciones.

Me bajo en la estación y caminando por el pequeño barrio a las afueras de Kyoto me acerco hasta el templo. Cuando llegas una agradable sensación te envuelve durante la visita, en la que por encima de la bella construcción destaca y mucho, su precioso jardín, donde agua, rocas, árboles y un césped entero hecho de musgo, hace las delicias de por quién allí pasea. Me imaginaba lo contento que debería estar el espíritu del emperador que en esas tierras vivía, ya que un sacerdote que tuvo un sueño con un dragón que volaba desde el cercano río, lo interpretó como que el espíritu del difunto emperador estaba inquieto y había que calmarlo.

La forma de calmarlo en aquella época era muy sencilla, solo había que cumplir los designios de tan visionario sacerdote, que ordenaba construir el templo y su tranquilo y bellísimo jardín, donde fijo aún está paseando su viejo y ya calmado emperador.

Tras salir por el norte del recinto viendo su gran estanque lleno de peces de colores y las magníficas vistas de la ciudad de Kyoto, me adentro en un bosque muy especial. Es un bosque donde los árboles son todos de bambú. La temperatura va disminuyendo a medida que te internas en tan sombrío lugar, pero la sensación de frescor y tranquilidad que desprenden tan largos y delgados arboles hace que te sientas agradecido de poder contemplar tan bello entorno.

Después de más o menos un kilómetro el bosque acaba, y una empinada cuesta lleva hasta la casa museo de Òkòchi-Sanso, un actor de películas de samuráis muy conocido en Japón, y que posee uno de los jardines más bellos de este país. No entré a visitarla, pero me imagino su belleza, porque con que se pareciera un poco a los que hacía unos minutos, ya serían guapísimos.

Vuelta hacia la estación para seguir visita de la ciudad, viendo a mi paso un cementerio japonés con infinidad de tumbas, con su correspondiente columna de mármol de recuerdo al viajero celestial.

Empalizadas, como no, hechas en madera de bambú y artesanos vendiendo preciosas libélulas cuidadosamente policromadas.

Ya cerca de la estación, curioso museo dedicado a las cajas de música, con verdaderas joyas musicales de todos los tamaños. Mamá japonesa porta a sus infantes en bici equipada con trasportines y señales de tráfico en japonés, que indican precaución al cruzar las vías.

Tras unas cuantas paradas de tren y caminata subiendo hasta pequeña colina arribo a otra maravilla que me maravillaría bien maravillado, era el templo dorado de Kinkaku-ji. Algo que no necesito definir, ni relatar, ni narrar. Me bastará con que le dediquéis dos minutos a observar la foto, y penséis en dos palabras, dos bonitas palabras escritas en mayúscula: Belleza y Paz.

¡……………………………………………………!

Os he dejado tiempo, un poco de tiempo para que sintierais lo que allí se siente pero que una vez que te vas, no queriendo irte, algo de ello se viene contigo. Qué maravilla de sitio, creo que de los más hermosos que he visto. Y la palabra es esa, aunque suene un poco ñoña. El lugar es hermoso, muy hermoso.

De vuelta al bus para irme hacia otra parte de esta asombrosa ciudad de Kyoto, otro niño y su mamá se ríen con mis gestos y carantoñas. A cambio me dicen donde tengo que bajarme para cambiar de bus y llegar a las inmediaciones de otro de los tantos lugares fantásticos que hay aquí, en esta segunda capital política del Japón, y hoy en día inequívocamente primera capital cultural.

Es la zona de Higashiyama, y subiendo empinada calle en empinada cuesta, muy empinada cuesta, se llega al acceso al Kyyamizu-dera. En el trayecto muchas casas de té, aún cuentan con las atenciones de las famosas geishas de Japón y sus aprendices, las maikos, que con sus blanquecinas caras y brillantes quimonos, deleitan a quien pueda pagar el caro servicio de sus atenciones en la ceremonia del té, o en el acompañamiento en las cenas.

En las calles se pueden ver a visitantes japoneses vestidos con sus indumentarias tradicionales, y muchas tiendas venden los famosos quimonos.

Jovenzuelas de visita posan para la foto como siempre, sonrisa de oreja a oreja de rasgada mirada, y dedos en señal de v de victoria. Un clásico japonés, que al final yo adoptaría igualmente para mis posados fotográficos.

Entrada por pequeño templo y pagoda anaranjada de cinco pisos que se alza dominando la ciudad. Por camino con empalizada de madera se llega hasta el gran templo con terraza sobre el bosque que domina Kyoto y desde la cual la vista es inmejorable. Si a eso añadimos una puesta de sol, que más os puedo decir, sencillamente otra maravilla de lugar.

Después de un buen rato saboreando el momento que fijo ya nunca se borrará de la cabeza, salvo que el Alzheimer le ataque a uno fuertemente, continuo paseando por el bosque y más templos, y más vistas bonitas, y más, y más, y más.

Otro templo, otra pagoda en esta ocasión de tres pisos y una zona de fuente con garcillas para beber y purificarse, que tienen un curioso sistema de higiene.

Una luz verdosamente halógena cargada de electrolitos, o algo técnicamente similar y para mí un ignorante en el asunto, no comprensible, se encarga de purificar la garcilla metálica con la que cientos y cientos de visitantes del lugar repetirán diariamente el rito de beber del agua de esta japonesa fuente.

De vuelta a la ciudad nueva, bajada por aledaños de un grandísimo cementerio con miles de columnas de mármol y piedra que albergan los espíritus de miles y miles de japoneses allí enterrados. Descansen en paz, y menuda paz, será por paz en este lugar.

Después de la bajada veo el exterior del museo de historia de la ciudad y su alta e iluminada torre que preside todo Kyoto, como si de un pirulí de caramelo se tratara.

Ya muy de noche cena en la estación de trenes, que en sus plantas altas, muy altas, más de veinte pisos de altas, cuenta con terrazas interiores y exteriores con vistas sobre el Down Town de Kyoto. Un ala se denomina el Cube y otra el Eat Paradise. Decenas de restaurantes ofrecen menús de comida japonesa y oriental, así como de platos europeos. Me decanto en tan maravillosa ciudad por comida enteramente japonesa. Barato menú con un poco de cada especialidad japonesa: sopa, arroz, tempura de langostinos y postre tradicional. Palillos con los que comer y saborear estas viandas, tan sabrosas como ha sido el día de hoy. Espero lo hayáis podido también disfrutar un poco con la narración.

Os contaré más cosas de un sorprendente e interesantísimo país con el Sol a punto de nacer cada día. ¡Sayonara!



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